El cielo que se conoce a sí mismo
Rigpa – conciencia pura que no tiene ni centro ni borde. El Dzogchen enseña no a construirla, sino a reconocer lo que siempre estuvo abierto.
En el corazón del Dzogchen yace una sola palabra, y casi toda la enseñanza se reúne en torno a ella. En tibetano suena rigpa. Se traduce como conciencia pura, pero la traducción da enseguida una nota falsa – como si hablara de algo raro, de un estado elevado que hay que ganarse. Rigpa no es un estado. Es la capacidad misma de conocer, esa claridad en la que, ahora mismo, se despliega tu lectura de estas líneas.
Clara, abierta, conocedora
La tradición describe rigpa con tres palabras: clara, abierta, conocedora. Clara quiere decir luminosa por sí misma, sin lámpara desde fuera; no la ilumina nada, ella misma es la luz en la que hay visión. Abierta quiere decir sin límite, sin forma, sin un lugar que se pueda rodear con el dedo. Y conocedora quiere decir no un vacío sordo, sino una presencia viva en la que todo se reconoce.
Longchenpa, el que dio al Dzogchen su lenguaje claro, llamaba a esta naturaleza océano insondable de conciencia. En él, los fenómenos surgen y se disuelven como reflejos en el agua, sin mancharla. La imagen está elegida con precisión. El agua sostiene todo reflejo – nube, rostro, llama – y ninguno permanece en ella, ninguno la altera. Así también rigpa sostiene todo lo que en ella aparece, y permanece intacta.
La imagen más frecuente de la tradición es el cielo. Las nubes vienen y van, pasan tormentas, cae la noche y vuelve la luz, y el cielo detrás de todo eso sigue siendo el mismo. El Dzogchen lo dice breve: tú eres el cielo, no las nubes. Pensamientos, sentimientos, estados de ánimo – eso es el clima. La claridad en que transcurren es rigpa. Y he aquí lo extraño en lo que se apoya todo el camino: esa claridad nunca ha estado contaminada. El cielo no lo manchan las nubes, por densas que sean.
Reconocer, no alcanzar
Aquí el Dzogchen tiene un giro que lo aparta de casi todos los demás caminos. La naturaleza de la mente no se alcanza – se reconoce. Garab Dorje, fuente del linaje, dejó una frase que suena como un golpe: la base ya es perfecta. No será perfecta al final, no se hace perfecta con esfuerzo – lo es ahora. Y por eso todo afán de mejorarla solo aleja lo que ya está en su sitio.
Dilgo Khyentse dio a esto la imagen del hielo y el agua. La mente ordinaria, dura y dividida en yo y no-yo, es como el hielo. La conciencia es esa misma agua, solo que fluyente, sin tabiques. Difieren en la confusión y son una en esencia. El hielo no hace falta sacarlo de ninguna otra parte; ya es agua, solo que congelada. Reconocer rigpa no es convertirse en algo nuevo, sino deshelarse en lo que siempre fuiste.
Por eso Tulku Urgyen decía que reconocer rigpa no es hacer algo, sino advertirlo por un instante. No construir, no convocar, no alcanzar por tensión. Volver la atención – y ver la conciencia misma: vacía, porque en ella no hay cosa que se pueda sostener, y a la vez conocedora, porque en ella todo es claro. Vacía y conocedora a la vez – dos palabras que en el habla común riñen entre sí, y aquí se juntan en una.
Por qué cuesta tanto creerlo
La enseñanza que los lamas tibetanos llevaron desde cuevas y nieves dice algo casi imposible de creer de golpe. No porque sea difícil, sino porque está demasiado cerca. Estamos acostumbrados a que lo valioso esté lejos, oculto, ganado con largo esfuerzo. Y rigpa está más cerca que la respiración. Esa es la razón misma por la que se la puede buscar toda una vida y no hallarla: se busca en la lejanía lo que mira con estos mismos ojos.
Aquí leemos la tradición, no describimos cómo ocupar un estado. El Dzogchen se transmitía de boca en boca, del portador al discípulo, y la indicación directa de rigpa siempre la daba un maestro vivo, en un encuentro vivo – ese giro que las palabras solo rodean por el borde. Pero aun de ese trazo se ve lo principal, aquello por lo que Garab Dorje lo redujo todo a tres frases: no tienes nada que construir. Solo hay que reconocer lo que ya está abierto, claro y conocedor.
El que camina delante deja una nota: lo primero que se suelta en este camino es la creencia de que hay que llegar a la naturaleza de la mente. No hay adónde llegar. El cielo ya está aquí.