Cinco maneras de amar a Dios
El bhakti no deja el amor sin nombre. Discierne cómo amas exactamente a Dios: como siervo, amigo, hijo o amante.
Decir “ama a Dios” es fácil. Más difícil es advertir que el amor tiene distintas formas, y que cada persona ama a su manera. El bhakti lo advirtió antes que muchos. No dejó el amor a Dios sin nombre y genérico, sino que discernió en él varias relaciones claras: los bhavas, los temples del corazón. Este conocimiento llegó a la tradición no como teoría, sino como experiencia viva de los santos, cada uno de los cuales amó a su modo.
El corazón encuentra su forma
Un bhava es el sabor, el matiz, el temple de tu amor. Una persona se inclina hacia Dios como un siervo hacia su señor, con reverencia y disposición a servir. Otra, como amigo con amigo, con sencillez y confianza, sin temor. Una tercera ama a Dios como un niño ama a su madre, aferrándose y sin temer a nada. Una cuarta, como un padre ama a su hijo, con cuidado tierno, anhelando protegerlo. Y una quinta arde hacia Él con el amor de un amante, en el que ya no queda distancia alguna y solo hay sed de unión completa.
Estas relaciones no se inventaron por hermosura. Se leyeron en las vidas de los propios santos. Ramakrishna anhelaba a la Madre Kali precisamente como un niño anhela a su madre: lloraba, la llamaba, no podía estar sin Ella, hasta que Ella se le reveló viva. No era una metáfora, sino el temple exacto de su corazón. Mirabai amaba a Krishna como a un amante, y por eso su camino pasó por el dolor de la separación y el ardor de la unión, por esa misma cercanía en la que dos se vuelven uno. Tukaram servía al Dios Vitthala casi como un siervo entregado que nada tiene salvo su fidelidad. Neem Karoli Baba enseñaba a ver en cada persona con quien uno se cruza a la propia madre, y a tratarla con la misma reverencia.
Advierte que estos bhavas no son mejores ni peores unos que otros. El bhakti no construye una escalera con el servicio abajo y la unión arriba. Dice otra cosa: cada corazón tiene su propia puerta. A uno le es más cercana la reverencia, a otro la sencillez de la amistad, a otro la indefensión del niño. Fingir un bhava ajeno es inútil. El amor funciona solo cuando es propio, no prestado de un santo al que admiras.
Por qué el amor necesita un nombre
Podrías preguntar: si el amor ya está ahí, ¿para qué dividirlo? Para que el amor con nombre se vuelva vidente. Cuando reconoces cómo amas exactamente, dejas de imitar el ardor ajeno y empiezas a caminar el tuyo. Sarada Devi, la callada Madre Santa, amaba a todos con corazón materno, y esto no era una pose de humildad, sino su propio bhava reconocido, en el que no hubo lugar para el rechazo de nadie. Su camino hacia Dios pasaba precisamente por esto: amar a todos como a sus propios hijos.
Hay en estas relaciones un discernimiento sutil que es fácil pasar por alto. Un bhava no es un papel que representas ante Dios, sino la verdad de quién eres ya para Él en este momento. No decides amar como siervo: descubres que tu corazón ya está hecho así. La tarea no es elegir un temple más vistoso, sino encontrar el propio y no mentirte a ti mismo. Por eso el bhakti aprecia tanto la sinceridad y desconfía tanto del fervor ostentoso. La santidad no se compra ni se actúa: crece solo del sentimiento genuino, decía Tukaram, y el bhava aquí trata precisamente de lo genuino.
Y, con todo, todas estas relaciones conducen a un mismo lugar. Siervo, amigo, hijo, padre, amante: cada uno recorre su propio camino, pero el camino es uno solo, hacia el instante en que la frontera entre el que ama y el Amado se disuelve. Un bhava hace falta mientras hay dos: es la forma misma en que los dos se tienden el uno hacia el otro. Y al final del camino la forma ya no hace falta: un amor en el que ya no hay “yo” ni “Tú” no es siervo ni hijo, sino simplemente amor sin un segundo.
Así responde el bhakti a una pregunta sencilla y difícil: cómo he de amar a Dios exactamente. No “ama en general”, sino “ama como amas tú”. Encuentra tu propio bhava, no falsifiques el ajeno, y deja que te guíe, hasta que un día la distinción misma entre el que ama y Aquel que es amado se vuelva innecesaria.