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Tradición · Misticismo cristiano

Conocer a través del no saber

Un camino en el que a Dios se le conoce despojándolo de sus nombres. Cuanto más se le quita, más cerca está. La oscuridad aquí no es falta de luz, sino su exceso.

Guía Artur Hapantsou

Hay un momento en esta tradición que parece un error, hasta que lo atraviesas tú mismo. Te dicen: todo lo que sabes de Dios, déjalo a un lado. No como un primer paso tras el cual vendrá el conocimiento verdadero, sino como el camino mismo. El conocimiento aquí no avanza hacia una mayor claridad, sino que retrocede, hacia un silencio más pleno que toda palabra.

Este camino nos llegó bajo el nombre de apófasis, o teología de la negación. El primero en reunirlo en una sola enseñanza fue Dionisio Areopagita, que escribía en el siglo quinto o sexto. Distinguió dos modos de hablar de Dios, y ambos son verdaderos. Uno afirma: Dios es luz, bien, amor, ser. Así reza casi todo el mundo, y así se puede rezar. Pero hay un segundo, más alto que el primero. Dice: Dios no es luz, no como nosotros conocemos la luz; no es bien, no como nosotros conocemos el bien; no es ser, no como nosotros conocemos el ser. Está más allá de todo lo que puede decirse o pensarse.

Por qué la negación está más cerca que la afirmación

A primera vista resulta extraño. Si nada verdadero puede decirse de Dios, ¿no sería mejor callar del todo? Pero la tradición distingue dos silencios. Está el silencio del vacío, donde no hay nada que decir. Y está el silencio de la plenitud, donde lo que podría decirse es tanto que ninguna palabra sostiene el todo.

Dionisio conducía hacia el segundo. Cuando dices “Dios es luz”, tienes razón, pero ya lo has estrechado a lo que la mente llama luz. Todo nombre, incluso el más alto, recorta algo. La negación devuelve lo recortado. Decir “Dios no es luz” es reconocer que es mayor que cualquier luz que puedas imaginar. Así, cada nombre apartado no aleja, sino que acerca. No estás quitando a Dios: estás quitando tus representaciones disminuidas de Él.

De aquí surge una imagen que la tradición llevó durante siglos: la ascensión del monte hacia la nube. Moisés, decía Dionisio, subió al Sinaí y entró en la tiniebla donde estaba Dios. Esta tiniebla no es ausencia de luz. Es un resplandor tan pleno que un ojo acostumbrado a lo pequeño lo ve como oscuridad. Así se mira de frente al sol, y los ojos se oscurecen no por falta de luz, sino por su exceso.

Una oscuridad más clara que el día

Un monje inglés sin nombre del siglo catorce tomó este mismo pensamiento y lo hizo vivo. Su libro lleva justo ese título: La nube del no saber. Entre tú y Dios, dice, hay una nube que la mente no atravesará con ningún esfuerzo del pensamiento. Pero hay en ti algo que la traspasa: no la mente, sino el amor. “A Dios no se le puede alcanzar con el pensamiento, pero sí abrazar con el amor. Golpea, pues, esa espesa nube del no saber con la afilada flecha del amor anhelante”.

Hacia aquí conducía la negación desde el principio. No te deja en una incertidumbre vacía. Despeja un sitio: retira el ruido de los nombres, las imágenes, los conceptos, todo lo que has levantado sobre la simple presencia. Y cuando se aparta el último nombre, lo que queda no es la nada. Lo que queda es Aquel por quien existían los nombres. El silencio aquí no es el final de la conversación, sino su verdadero comienzo.

Juan de la Cruz la llamará más tarde “noche oscura” y la describirá como un camino en el que se apaga primero la dulzura de los sentidos, luego la luz del entendimiento. Parece que Dios se ha ido. Pero es Él mismo, demasiado cercano y demasiado brillante, quien deja de caber en tus medidas habituales. La oscuridad en este camino es señal no de alejamiento, sino de acercamiento.

El que va delante, el que reúne esta sabiduría para la Escuela, dejó aquí una nota breve: lo más difícil no es soltar las cosas del mundo, sino soltar tus propias palabras verdaderas sobre Dios. Te aferras a ellas con más fuerza, porque parecen santas. La apófasis te pide entregar también esas, no porque sean falsas, sino porque hasta la palabra más verdadera es menor que Aquel de quien se dice.

Así la tradición dio a Occidente un lenguaje para lo inefable: un lenguaje hecho del desdecir de las palabras. El conocimiento más alto de Dios, según su palabra, es conocerlo a través del no saber. Y la oscuridad en la que entras, arrojando nombre tras nombre, resulta más clara que cualquier día que tu mente haya conocido.