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Tradición · Misticismo cristiano

La chispa en la que nunca entró el tiempo

La enseñanza de Eckhart sobre la hondura del alma, donde no entró ni imagen ni tiempo. Dios nace ahí cuando haces sitio y dejas de aferrarte.

Guía Artur Hapantsou

En el siglo catorce un predicador dominico llamado Meister Eckhart dijo algo por lo que más tarde sería juzgado, y que aún suena más audaz que casi todo lo dicho sobre el alma en el Occidente cristiano. Dijo: hay en ti un lugar en el que nunca entró ni imagen, ni tiempo, ni una sola cosa creada. Y ese lugar es uno con Dios no por semejanza, sino por esencia: no son dos, sino uno.

Lo nombraba de distintas maneras: chispita, fondo del alma, castillito, ciudadela. Las palabras cambiaban, el pensamiento permanecía. Bajo la capa de tus sentimientos, pensamientos, recuerdos, bajo todo lo que sueles llamar tú mismo, hay una hondura que no es ajena a Dios. Es el punto mismo donde Dios te toca desde dentro.

Nacimiento, no adquisición

En torno a esta chispa Eckhart reunió la imagen central de su enseñanza: el nacimiento de Dios en el alma. Hablaba de él no como de una meta lejana, sino como de un acontecimiento eterno que se cumple ahora mismo, si hay dónde cumplirse. Dios, decía, engendra su Verbo en la hondura de tu alma sin cesar, igual que lo engendra en la eternidad. Y todo se juega en una sola cosa: si está vacío el lugar donde esto ha de nacer.

Aquí está el giro que aparta a esta tradición de lo habitual. La unión con Dios aquí no se alcanza por acumulación. No más oraciones, no más buenas obras, no más conocimientos sobre Él. Todo esto puede quedar fuera de la chispa, como muebles en una habitación en la que el dueño aún no ha entrado. La unión llega por la liberación del lugar. Eckhart la llamó desasimiento: en alemán Gelassenheit, un soltar, un aflojar el agarre.

El desasimiento no es frialdad ni indiferencia. Es el consentimiento de dejar de aferrarse. A las cosas. Al éxito y al nombre. A ti mismo. Y, lo más difícil de todo, a tus propias representaciones de Dios. Aquí Eckhart tiene una frase en la que se tropieza: “Ruego a Dios que me libre de Dios”. Suena como un desafío, pero su sentido es callado. Ruega ser liberado de toda imagen de Dios, del Dios-tal-como-yo-lo-imaginé, para encontrar al que es, y no al que la mente ha pintado. La misma apófasis que despoja a Dios de los nombres está aquí vuelta hacia dentro: despojarte a ti mismo del último agarre, incluso del piadoso.

Donde tú estás vacío, ahí Dios está pleno

De esto nace una regla simple que Eckhart repetía de muchos modos: donde tú estás del todo vacío, ahí Dios está del todo pleno. No hace falta atraer a Dios hacia ti con esfuerzo. Hace falta retirar lo que ocupa el lugar. La naturaleza no soporta el vacío, y un alma liberada de su aferramiento a lo creado no queda vacía ni un instante. En ella nace aquello para lo cual fue creada.

Esto invierte la cuenta habitual de la vida espiritual. Estamos acostumbrados a medir el crecimiento por adición: más práctica, más comprensión, más experiencias. Eckhart mide por sustracción. El más rico en este camino es el que más ha soltado. No el que ha acumulado mucho sobre Dios, sino el que ha liberado la única hondura en la que Dios puede nacer.

El desasimiento al que llama no exige salir del mundo. Eckhart era predicador en la ciudad, entre gente y quehaceres, y decía que esta hondura puede sostenerse incluso en el trabajo. La cuestión no es en qué se ocupan las manos, sino si el corazón se aferra a ello. Puedes orar en un templo y estar lleno de ti mismo; puedes barrer un suelo y estar vacío ante Dios. Distinguía entre poseer y estar poseído. Puedes tener cosas, un nombre, preocupaciones: la cuestión es si son tuyas o tú eres de ellas. La ira por lo que se quita, el miedo a perder, el orgullo por lo añadido: por estos movimientos reconoces dónde la presa aún se aferra con fuerza y dónde Dios aún no ha entrado.

Conviene decirlo con claridad, para que no haya confusión. Eckhart no decía que tú seas Dios en el sentido en que lo entendería una mente vanidosa. Hablaba del fondo del alma, que es uno con el fondo de Dios; de un lugar de encuentro tan hondo que la frontera entre el Creador y la criatura se adelgaza allí hasta lo indistinguible. El Advaita Vedanta, que recorre un camino del todo distinto, reconoce aquí su propia cumbre, y por eso esta voz es tan querida: habla de la cercanía de Dios en un lenguaje que casi no deja distancia.

El que va delante, el que reúne esta sabiduría para la Escuela, anotó al margen: lo más difícil es creer que de ti no se exige hacer más, sino dejar de sostener. Sabemos esforzarnos. Soltar, casi no sabemos. Y a esto justamente conduce la chispa en la que nunca entró el tiempo: a un silencio donde haces sitio, y en ese vacío nace la plenitud.