El árbol que salvó su propia inutilidad
La paradoja taoísta de la utilidad: lo que parece inservible es a menudo lo que sobrevive. Zhuangzi da vuelta a la medida con que pesamos las cosas y a nosotros mismos.
A Zhuangzi le gustaba hablar de árboles. En una de sus parábolas, un carpintero pasa junto a un roble enorme que ha crecido al lado del santuario de la aldea. El árbol es tan vasto que un rebaño se cobija a su sombra, y entre varios hombres no logran abarcar su tronco. El aprendiz se maravilla: qué coloso. Pero el carpintero ni siquiera aminora el paso. Este árbol no sirve para nada, dice. Haz de él una barca – se hunde. Haz un ataúd – se pudre enseguida. Haz una viga – la carcomen los gusanos. Por eso mismo lleva tanto tiempo en pie: es inútil, y nadie alzó jamás un hacha contra él.
Este pensamiento es uno de los más incómodos que nos han llegado a través de la tradición taoísta. Socava en silencio la medida con que estamos acostumbrados a pesar todo lo que nos rodea, y a nosotros mismos.
A quién talan primero
Fíjate en cómo tasamos las cosas. Un buen árbol es aquel del que saldrá una viga firme. Una buena persona es la que es útil, productiva, apta para la tarea. Estamos tan dentro de esta medida que casi no la vemos. La utilidad nos parece un bien evidente.
Zhuangzi da vuelta al cuadro. En un mundo donde todo se mide por la utilidad, el primero en ser talado es el árbol más útil. El tronco recto va para la viga. El fruto dulce se arranca sin dejar que madure del todo. Lo que es apto se gasta. Y el árbol torcido, nudoso, “inservible” llega a una vejez profunda y se convierte en aquel a cuya sombra descansa una aldea entera.
Esto no es una invitación a la pereza ni una excusa para la holganza. Es una pregunta por el precio que paga lo que llamamos útil. La utilidad es siempre utilidad para otra cosa. La viga sirve a la casa. El fruto sirve al que lo come. El obrero sirve a la tarea. Ser útil es existir como medio, y un medio, por su naturaleza, se gasta. Zhuangzi no dice que esto sea malo. Pregunta: ¿recuerdas que tienes una vida aparte de tu aptitud para la tarea ajena?
La inutilidad como libertad
Aquí la parábola abre un segundo fondo. El gran árbol sobrevivió no por astucia, sino por ser fiel a su propia naturaleza. No intentó volverse viga. Creció como crece un roble junto a un santuario – torcido, a lo ancho, sin atender a lo que se pudiera sacar de él. Y esa fidelidad a sí mismo, ajena a la medida de utilidad de otro, resultó ser su salvación y su grandeza.
En esto está el corazón de la mirada taoísta. Un árbol que se dobla a la medida del leñador vive la vida del leñador – corta y prestada. Un árbol que crece según su propio Tao vive mucho, y vive como sí mismo. Zhuangzi lo aplica también al ser humano. El que se pasa la vida afilándose para la utilidad ajena se desgasta y se gasta, como una viga. El que guarda fidelidad a su propia naturaleza parece, visto desde fuera, extraño, inservible, caído fuera de la tarea común – y precisamente en ello halla la plenitud y la libertad.
Y sin embargo, la sabiduría aquí no consiste en hacerse el inútil de cara a la galería. Eso sería la misma persecución de una medida, solo que vuelta del revés. La persona que finge con esmero la inutilidad para sobrevivir sigue bailando al son de otro – solo que al revés. Zhuangzi llama a otra cosa: a dejar de mirarse a uno mismo con los ojos del leñador. No “volverse útil” ni “volverse inútil”, sino caer fuera de la tasación misma, donde una cosa vale exactamente en la medida en que se la puede emplear.
Lo que esta parábola te deja
Cuando se va la pregunta “para qué sirvo”, se va también la inquietud que engendraba. Dejas de ofrecerte al mundo como una mercancía que hay que despachar antes de que venza el plazo. Y entonces se descubre una firmeza extraña y silenciosa: lo que nada exprime de sí mismo para uso de otro tampoco se agota.
Esto no significa abandonar la obra y el trabajo. Significa dejar de ser solo un medio a los propios ojos. Hacer lo que haces – sin regatear con ello el derecho a existir. El roble del santuario no justificaba su vida con la utilidad. Simplemente crecía. Y por eso seguía en pie cuando los útiles hacía tiempo que habían acabado en tablas.
El que camina delante deja aquí una sola nota: este pensamiento no consuela de inmediato. Al principio inquieta, porque derriba el apoyo en que estamos acostumbrados a sostenernos – el apoyo de ser necesarios. Pero tras la inquietud se abre un aire que no estaba mientras te medías con un hacha.